No todo lo que cuesta, se paga. Esa es una de las paradojas más relevantes del sistema de transporte actual. Cada vez que un camión recorre cientos de kilómetros o un avión despega, se generan impactos reales —contaminación, ruido, accidentes, congestión— que no siempre se reflejan en el precio final del viaje. A estos impactos los conocemos como costes externos del transporte.
¿Qué son exactamente los costes externos?
Se trata de los efectos negativos que genera una actividad de transporte pero que no son asumidos directamente por quien la produce ni por quien la contrata. Los paga la sociedad: en forma de emisiones de CO₂, gasto sanitario, pérdida de biodiversidad o degradación urbana.





